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Opinión
La bola negra de Cannes fue un palmarés que provocó preguntas que -casi- nadie sabe responder
Frente a la guerra, la incertidumbre y la fragmentación, las películas premiadas este año en el festival galo se anclan sobre la necesidad, urgente, de volver a mirar al otro
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Federico García Lorca le dio a la bola negra un significado que ha sobrevivido al tiempo porque la convirtió en mucho más que un objeto. La hizo un mecanismo silencioso para decidir quién queda dentro y quién fuera. Quién merece ser aceptado y quién carga con el peso del rechazo. Décadas después, los Javis recuperan esa poderosa imagen en su premiada ‘La bola negra’ y al hacerlo rescatan algo que va más allá de la historia que cuenta la película. Porque la carga emocional que conlleva esa esfera oscura no pertenece únicamente a las personas, también acompaña a las épocas. Y cada tiempo tiene la suya.
Así, las bolas negras son problemas que vuelven una y otra vez porque nadie ha conseguido resolverlos. Heridas que cambian de forma. Como la guerra, la memoria o la creciente dificultad para dialogar con quienes piensan distinto -algo que sabemos de sobra, se ha potenciado con las redes sociales-. Tenemos la sensación de que el mundo avanza más rápido de lo que somos capaces de comprender. El mismo Pawel Pawlikowski nos lo confesó en una terraza de La Croisette al hablar de si con su ‘Fatherland’ cabía la posibilidad de hacerle un guiño a la actualidad: “no tengo ni idea de qué pensar del presente ni del futuro. Estoy completamente perdido. Todo me parece una locura incomprensible. Por eso vuelvo al pasado”, dijo
Y es quizá por esta incertidumbre que muchos compartimos, que el último Festival de Cannes resulta tan revelador. Al observar las películas que el Jurado encabezado por Park Chan-wook decidió premiar, aparece una sensación curiosa. No la de un certamen que busca señalar una única obra capaz de explicar el presente, sino la de una conversación repartida entre varias películas. Como si cada una hubiera tomado una parte del problema porque ninguna podía contener por sí sola todas las tensiones de la actualidad. No es que los festivales tengan un inconsciente. Pero quienes deciden su palmarés, sí. Por eso no es casual que la lista de galardonados parezca una radiografía de las mismas preocupaciones que cineastas de lugares y contextos diversos deciden mirar desde sus prismas. ¿La consecuencia? El palmarés de Cannes suele decir más sobre el estado del mundo que sobre el estado del cine. No porque los jurados tengan razón, pues al final no deja de ser una valoración subjetiva. Sino porque sus decisiones dejan una fotografía de nuestra época.








