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Crítica

Los Javis se consagran con 'La bola negra', una monumental y sobrecogedora reivindicación de Lorca y la existencia gay

Calvo y Ambrossi debutan en Cannes con una ambiciosa película que lleva a la gran pantalla ‘La piedra oscura’, de Alberto Conejero, y una obra inacabada de Lorca

Cannes·
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Fotograma de 'La bola negra', de Javier Calvo y Javier Ambrossi, con Milo Quifes en segundo plano
Fotograma de 'La bola negra', de Javier Calvo y Javier Ambrossi, con Milo Quifes en segundo plano · Fotografía: Carla Oset

“Ha habido maricones toda la historia de la humanidad”. Los tenía que haber en ‘El secreto de Puente Viejo’, como reivindicaba ‘Paquita Salas’ en uno de los primeros gags virales de un fenómeno nacido en Flooxer y que marcó el origen de una trayectoria imparable que ha acabado en la alfombra roja del Festival de Cannes diez años años después. Los hay también, y de qué manera, en la película que confirma a Javier Ambrossi y Javier Calvo como los directores más ambiciosos, desacomplejados y reconocibles de su generación. La culpa la tiene ‘La bola negra’, un relato atemporal, intergeneracional y orgullosamente maricón que lleva al cine la obra de teatro ‘La piedra oscura’, de Alberto Conejero y una obra inacabada de Federico García Lorca que se hubiera convertido en la primera obra con un personaje explícitamente gay en una trayectoria y una vida que terminó demasiado pronto cuando el autor de ‘La casa de Bernarda Alba’ fue asesinado el 18 de agosto de 1936 cuando solo tenía 38 años.

A pesar de debutar en el cine en 2017 con una eficaz y resultona adaptación de ‘La llamada’ (el enérgico y contagioso musical que empezó su carrera como directores y guionistas después de hartarse de esperar la llamada de productores y directores de casting), ‘La bola negra’ funciona como declaración de intenciones y como carta de presentación internacional forjada, sobre todo, en la visión, el potencial y la irrenunciable personalidad que Ambrossi y Calvo desarrollaron en ‘Veneno’ y, sobre todo, ‘La mesías’. En ‘La bola negra’, los Javis se lanzan al vacío con una aproximación épica a las vidas interconectadas de tres hombres en tres épocas distintas, representando tres existencias íntimamente ligadas por la sexualidad y el deseo, el dolor y la herencia de un país que, como dice uno de los personajes, nunca ha sabido demasiado bien qué hacer con su pasado.

El largo y emocionante viaje de ‘La bola negra’ empieza en 1937, cuando Sebastián (un Guitarricadelafuente que consigue hacerte olvidar que estás viendo una estrella del pop en la pantalla) hace tiempo mientras toca su trompeta y molesta a sus vecinos, que esperan en la calle la celebración de un acto político de una guerra civil que cada vez está más cerca de tener vencedores y vencidos. En segundo plano, a un niño le corrigen mientras ensaya el saludo franquista con un amaneramiento inaceptable en la época. La momentánea paz de ese pueblo andaluz se rompe con un ataque aéreo sorpresa que siembra el caos y la muerte y obliga al joven a huir hasta que es aprisionado por el bando nacional y traslado a Cantabria. Antes, le hemos visto hacerse camino entre las ruinas mientras trepa una adónica escultura y el espectador oye una desatada reinterpretación de ‘Soldadito español’, el popular pasodoble militar creado por Jacinto Guerrero en 1927. Por si no había quedado claro hasta entonces, la segunda película de los Javis no es una historia de la guerra civil al uso. Ya en el norte de España, Sebastián se convierte en el carcelero y finalmente confidente de Rafael Rodríguez Rapún (un imponente Miguel Bernardeau que sentencia el salto a la madurez que adelantó ‘Querer’), el objeto de deseo y suspicacias que cambiará su vida para siempre.