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Opinión
La importancia del cine frente a los nuevos dueños del mundo
Venecia dejó una advertencia sobre el poder, la deshumanización y una tecnología que avanza más rápido que nuestra capacidad de pensar sus consecuencias
Actualizado:
Durante siglos fue fácil identificar dónde estaba el poder. Tenía, por ejemplo, el rostro de un rey, un gobierno o un ejército. Hoy sus límites son mucho más difíciles de reconocer. Ese poder también está en manos de personas y empresas capaces de controlar tecnologías, información e infraestructuras que intervienen en nuestra vida cotidiana sin que terminemos de entender hasta dónde llega su influencia. Y mientras intentamos comprenderlo, su injerencia avanza más rápido que las reglas que deberían ponerle límites. Esa fue una de las ideas que más me persiguió durante la última Mostra de Venecia. No porque el festival se hubiera propuesto lanzar un mensaje común, sino porque conforme pasaban los días pudimos constatar cómo películas muy distintas parecían regresar, cada una desde su lugar, a una inquietud parecida: qué ocurre cuando esa capacidad de influencia avanza sin que los mecanismos capaces de contenerla lo hagan al mismo ritmo.
George Clooney fue, curiosamente, uno de los primeros en ponerlo en palabras. Llegó a Venecia para recibir el León de Oro a toda una carrera y aprovechó el reconocimiento para hablar mucho menos del pasado que del presente. Advirtió sobre una inteligencia artificial que avanza mientras todavía intentamos comprender sus consecuencias, sobre la dificultad creciente para distinguir lo verdadero de lo falso y sobre la pérdida de algo que ninguna tecnología puede resolver por nosotros: la decencia. Y dejó además una palabra flotando sobre el Lido, 'kakistocracia', el gobierno de los peores, que de pronto parecía describir bastante bien algunas de las inquietudes que el propio festival estaba a punto de poner en imágenes.
Una de ellas apareció con ‘Musk’, el documental de Alex Gibney sobre Elon Musk. Durante tres horas y 45 minutos, la película reconstruye el ascenso del empresario hasta convertirse en una figura cuya capacidad de influencia desborda ampliamente el mundo de los negocios. Tesla, SpaceX, Starlink o X forman parte de un entramado que alcanza desde nuestra manera de comunicarnos hasta infraestructuras que han terminado desempeñando un papel en conflictos internacionales. Pero lo inquietante no es comprobar cuánto ha construido Musk, sino preguntarse cuánto poder hemos aceptado que pueda concentrar una sola persona y por qué lo hemos permitido. Ahí ‘Musk’ deja de ser únicamente una película sobre el magnate. Gibney coloca delante del espectador una cuestión bastante más incómoda: qué mecanismos existen para controlar a quienes poseen herramientas capaces de intervenir en la vida de millones de personas cuando su influencia ya no cabe del todo dentro de las estructuras que tradicionalmente utilizábamos para vigilarla.









