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Crítica | Series
'Los Testamentos', una secuela de terror creciente y misógino con apariencia de cuento de hadas
La serie, secuela de 'El cuento de la criada' y creada por Bruce Miller, se estrena este miércoles, 8 de abril, en Disney+, protagonizada por Lucy Halliday y Chase Infiniti
Actualizado:
Hay un comportamiento inherente a la llegada de la adolescencia que tiene que ver con rebelarse, con cuestionar lo establecido por el sistema, ya sea este político, social, educativo y/o familiar. De eso se alimenta 'Los Testamentos', que se estrena este miércoles, 8 de abril, en Disney+. Y en base a eso construye una primera temporada atada irremediablemente a su serie madre. A su favor cuenta con un reparto joven que aporta frescura e ingenuidad a un mundo opresor donde ellas, las adolescentes, se convierten en la única esperanza para un relato sobreexplotado. A lo largo de los 10 episodios que conforman esta primera temporada escrita por Bruce Miller –reincidente en esto de adaptar la obra de Margaret Atwood–, ‘Los Testamentos’ revive viejos fantasmas y revisita la fórmula. También se deja en el camino algo de la crudeza y violencia que caracterizó ‘El cuento de la criada’ para dotar a esta secuela de aires de cuento de hadas. Desde fuera, eso sí, lo que se ve es puro terror creciente y misógino.
Gilead ya no es lo que era y, aún así, sigue siendo Gilead. Porque un régimen teocrático y opresor como el suyo no cae de la noche a la mañana. Cayó Boston, June/Offred (Elisabeth Moss) y Mayday mediantes, pero el estado sigue en pie. ‘Los Testamentos’ se sitúa en el tiempo poco después del final de ‘El cuento de la criada’ y pone en el centro de su trama un centro escolar donde las tías se afanan en educar a las jóvenes para ser buenas esposas y madres. Entendiendo por ‘buenas’ sumisas, obedientes y sin espíritu crítico. Porque esas son las bases sobre las que se ha construido Gilead: anular a la mujer y convertirla única y exclusivamente en un recipiente procreador. Antes eran las criadas. Ahora son esas jóvenes educadas en la ilusión de que su única razón de ser y meta vital es casarse y tener hijos.
Para ello, nada como evitar cualquier contacto con el mundo exterior y con todo aquello que pueda dotarlas de personalidad, pensamiento y opiniones propias. No saben leer ni escribir. No tienen acceso a algo tan mundano como un calendario. Su educación se centra en aprender a bordar, a servir el té y a estar siempre bellas y pulcras. Esa es la misión de la escuela dirigida por una tía Lydia (Ann Dowd) que se ha convertido en el ojo que todo lo ve y el oído que todo lo escucha en pasillos y aulas. Bajo su mando y supervisión, el régimen cría a las nuevas generaciones femeninas catalogándolas por colores en función de su estadio madurativo. Las niñas visten de rosa (por supuesto), las preadolescentes de morado y a las adolescentes -una vez tienen su primera menstruación– se les ha asignado el verde. El azul sigue siendo para las casadas y el gris para las ‘marthas’. El blanco se destina a aquellas jóvenes de fuera de Gilead que han decidido sumarse a la distopía. Del rojo de las criadas, ni rastro.









